Los terremotos de Granada

Yo soy de Granada. Tengo que reconocer que todo el tema este de los terremotos me está volviendo loco. Sé que es algo natural por la geología y geografía de mi tierra, pero aun así, los recientes sismos no me dejan bajar la guardia.

El terremoto de la noche del 14 de agosto ha dejado su huella. Recuerdo que esa noche no dormí, no fui capaz. Estaba en videollamada con mi pareja y empecé a sentir como temblaba todo a mi alrededor. Un ruido terrorífico empezó a emerger. Me percaté. Grité asustado, «¡Sofía, terremoto!», mientras usaba todo mi físico para meterme debajo de la mesa para protegerme. Si tiembla todo a tu alrededor, ¿te paras a pensar si el terremoto es fuerte o no? Tu único pensamiento es tu instinto de supervivencia.

Después del temblor inicial, recuerdo haberme incorporado a mi asiento para seguir conversando con Sofía. Ella me contó que le había costado entender toda la situación. Al principio le había hecho gracia mi reacción tan exaltada, aunque la impactó ver cómo temblaba todo. Mi pálida cara describía con exactitud mi pánico.

Esa noche no fui el único que corrió asustado a protegerse, fuimos muchos. Muchos que, sin terminar de entender la magnitud del asunto, estábamos depositando nuestra fe en que solo fuese un caso aislado. Muchos que pasamos la noche en vela, sin saber si la tierra sobre la que reposaban nuestras vidas volvería a temblar. Muchos que abandonaron sus casas y pasaron la noche en parques y jardines. Muchos que volvimos a recordar una faceta, que dejamos en el olvido, de lo que esconde nuestra tierra.

Yo me quedé en casa, estuve alerta toda la noche. La tierra no me iba a pillar desprevenido. Me fui a la cama. No podía dejar de sentir temblores. Estoy más que seguro que fueron fruto de mi imaginación y miedo. No descarto que otros fueran reales. Justo cuando estaba a punto de bajar definitivamente la guardia al invadir el sueño mis fortalezas, terremoto.

Si hubiese una cámara grabando el salto olímpico que pegué desde la cama hasta debajo del marco de la puerta de mi habitación, seguro que me llevaba la medalla de oro y algún que otro récord Guinness.

Poco a poco se fue imponiendo una nueva normalidad, de consultas agitadas al mapa web del IGN donde se ven los últimos terremotos, al Facebook para ver que decía la gente de la zona y al Instagram para ver qué decía la juventud. Cada ruido que escuchaba lo consideraba como posible amenaza. Un camión, un taladro, lo que sea, mi cuerpo ya estaba preparándose para correr como gacela.

Siempre hay sinvergüenzas

Una de las cosas que me enfada y repugna son las personas que disfrutan asustando a otras. No estoy hablando del típico susto de «estoy detrás de la puerta y no me has visto». Hablo de instaurar caos, coger el miedo y pánico de la gente y con un fuelle hacer que unas pequeñas brasas se conviertan en un incendio desolador.

Me surge la duda. ¿De verdad sois tan miserables como para disfrutar del sufrimiento de las personas? En toda esta situación, lo grave no es solo que algún imbécil de turno suelte la burrada del siglo, sino que se vendan como expertos en la materia.

Cualquiera que tenga dos dedos de frente no puede achacar la culpa a la población por hacer caso a estos impresentables. Tenemos que ser críticos por norma general, pero en situaciones de alerta, de emergencia, la necesidad de tener toda la información posible de la amenaza que afrontamos para entenderla, evaluarla y tomar decisiones a partir de las conclusiones que obtengamos, crece exponencialmente.

¿Cómo podemos diferenciar qué es verdad y qué es mentira? Aquí las redes sociales suspenden con facilidad. Al margen de lo éticas que sean o no las plataformas, la desinformación que se propaga como piojos por estos espacios digitales es asombrosa. Tu mayor enemigo ya no es solo un terremoto, sino el vendehúmos que solo quiere asustarte para que pueda engañarte y luego manipularte con sus extrañas ideas.

Por ello, mucho cuidado con lo que ves por Internet. Prudencia ante todo y verifica la procedencia de toda la información que recibas. No te fíes de nadie.

Hoy es martes 18 y así seguimos

Qué desagradable la sensación de levantarse al ruido y movimiento de un terremoto que vete tú a saber si era fuerte o no. La sensación de estar vibrando en la cama, de sentir que todo se mueve a tu alrededor, y de alguna forma tus neuronas procesan que estás disfrutando de un pase VIP para sentir un seísmo en Dolby Surround, es algo inolvidable. Cuando parecía que la cosa se estaba calmando, ¡réplicas! ¡Claro que sí!

No es suficiente tener los huevos de corbata porque una falla en Granada haya decidido lucirse. ¡No! Esa falla quiere presentarte a toda su familia. ¿Tantos familiares tiene la dichosa falla? ¡Cuatro fuertes! Se nota que vienen bien enérgicas. El resto estará en proceso de crecimiento. Esperemos que no sea así.

Yo sigo teniendo miedo. Cada ruido me asusta y me pongo alerta a la espera de un temblor. Me da miedo estar incluso en mi propia casa, no consigo encontrar ninguna esquina o algún rincón donde pueda sentirme medianamente seguro. Me da miedo incluso pasear con tranquilidad por la calle, no vaya a ser que se caiga una cornisa, una maceta o lo que sea.

Esta entrada fue publicada en Mis desvaríos. Guarda el enlace permanente.